Psicólogo infantil Madrid

Aunque asociemos la infancia con una etapa de la vida despreocupada y fácil, los niños y adolescentes pueden atravesar momentos difíciles en su desarrollo que merecen la adecuada atención. Es importante resolver los nudos que puedan surgir de cara a facilitar un correcto crecimiento personal que le permita alcanzar sus metas en el futuro.

El profesional realizará una evaluación y diseñará una intervención personalizada teniendo en cuenta las características del niño y la familia. Dado que el niño o adolescente están inmersos en un sistema familiar, el trabajo con los padres será fundamental para lograr el cambio de deseamos, de este modo se convierten en colaboradores indispensables para el bienestar de su hijo.

Aunque puedes consultar con nuestro equipo de psicólogas de infancia cualquier tema que te preocupe en tus hijos, aquí recogemos algunas de las sintomáticas más comunes en niños y adolescentes detallando nuestro modo de entenderlo y abordarlo.

Ansiedad en la infancia

¿Los niños también tienen ansiedad?

Al igual que nos pasa a los adultos, los niños pueden sentir ansiedad en determinados momentos de su vida. La ansiedad es un mecanismo normal de adaptación para reaccionar ante situaciones que puedan suponer un peligro, a través de esa activación física, conseguimos huir, atacar o en definitiva defendernos de un riesgo. Sin embargo, en ocasiones surge ante elementos que objetivamente no suponen un peligro, y es aquí cuando se hace necesaria la intervención.

¿Cómo trabajamos desde psicólogo infantil Madrid?

Entendiendo la función básica de la ansiedad, nuestro objetivo será evaluar al niño y tratar de conectar con sus necesidades y su momento evolutivo para entender qué sentido está teniendo la ansiedad en ese niño en concreto. Intervendremos no solo mediante técnicas dirigidas a calmar la ansiedad, sino desmontando lo que hay detrás de cara a que el mecanismo de la ansiedad no se desencadene.

Por ejemplo, podemos encontrar ansiedad de separación en muchos niños pero no todos tienen el mismo origen: puede ser consecuencia de una separación traumática que se ha vivido, en otros casos tendrá relación con un vínculo de apego inseguro que se ha establecido o también podríamos encontrar que el niño tiene una autoimagen de vulnerabilidad que le hace sentirse inseguro ante la separación del adulto. Como vemos, si no encontramos el origen, no podremos vencer el problema.

¿Cuáles son los tipos de ansiedad más frecuentes en niños?

- Trastorno de ansiedad generalizada: Se observa en el niño una inquietud generalizada en distintos ambientes y situaciones. Otro síntoma muy significativo es la preocupación excesiva y continuada que no se calma con consejos o ayuda de los adultos. Esta ansiedad puede causar problemas de sueño, de hiperactividad, trastornos psicosomáticos, etc.

- Ansiedad de separación: El niño muestra un elevado nivel de ansiedad ante la separación de sus adultos de referencia o de uno de ellos en concreto. Puede reaccionar con llanto, irritabilidad, malestar general, preocupación porque le pueda pasar algo al adulto... Durante un tiempo del desarrollo, la ansiedad de separación es un mecanismo normal de protección, sin embargo, conviene consultar al profesional cuando notamos que es excesiva o que el paso del tiempo no ayuda a que el niño interiorice la separación.

- Fobias: Las fobias son miedos extremos ante situaciones o elementos concretos. El niño mostrará desde inquietud hasta sentimientos de pánico ante el acercamiento de ese elemento temido. En muchos niños, se da además la ansiedad anticipatoria, cuando ellos creen o saben que próximamente se encontrarán con el objeto de su fobia, reaccionarán con el mismo despliegue ansioso que si lo tuvieran delante.

- Mutismo selectivo: Hablamos de la incapacidad persistente de responder o hablar a los demás en alguna situación social concreta, a pesar de no existir una dificultad para hablar en otros momentos y ante otras personas.

¿Cómo se muestra la ansiedad?

A pesar de tener claro los distintos trastornos existentes, por nuestra filosofía de trabajo, evitamos diagnosticar a los niños liberándoles de etiquetas que difícilmente pueden ajustarse a lo que ellos realmente son. Por ello, es muy útil, conocer como muestran ansiedad los niños en las diferentes etapas de su desarrollo, para identificarla, conocer su origen y poder intervenir. Algunas de las señales más frecuentes de la ansiedad en la infancia son:

  • Se muestra inquieto a nivel físico.
  • Le cuesta mantener la atención o concentrarse.
  • Reacciona con preocupación excesiva ante situaciones nuevas o cotidianas.
  • Le cuesta conciliar el sueño o mantenerlo.
  • Tiene conductas repetitivas o de autoconsuelo (morderse las uñas, tics, frotarse las manos…)
  • Se muestra irritable ante algunas situaciones.
  • Le cuesta adaptarse a novedades.
  • Pérdida de apetito.

Sabiendo identificar que el niño o niña está teniendo ansiedad podremos evaluar el origen y ayudarlo a gestionarlo de modo que no interfiera en su desarrollo pleno.

Depresión en la infancia

La depresión en los niños

Podemos creer que la depresión es un problema que solo puede afectar a los adultos debido a que vivimos rodeados de imágenes y relatos en los que la infancia es un lugar feliz alejado de preocupaciones. Sin embargo, sabemos que la frecuencia con la que los niños y niñas pasan por periodos depresivos es muy similar a la de los adultos.

¿Por qué les pasa?

Al igual que en los adultos, hay situaciones vividas que pueden generar sentimientos depresivos, sin embargo, no toda la justificación está en el afuera. En ocasiones los niños (al igual que los adultos) no han tenido la oportunidad de interiorizar herramientas de afrontamiento que les ayuden a lidiar con distintas situaciones por lo que tienen que aprenderlas y ponerlas en práctica con la ayuda de un profesional. Otras veces, pueden valorar como graves y amenazantes situaciones que objetivamente no lo son. En estos casos, no debemos quitarle importancia ya que su estado depresivo nos indica que realmente para ese niño o niña, esa situación está siendo un muro difícil de superar. De nuevo, evaluaremos los recursos personales que tiene para con nuestra ayuda mejorarlos y ampliarlos, los obstáculos serán tan grandes como los queramos ver.

En todo este proceso será fundamental el papel de la familia que con las pautas del profesional podrán incorporar a la vida en casa gestos, palabras y comportamientos que al niño o niña le ayuden en su proceso de recuperación.

¿Cómo lo identificamos?

Por su nivel de desarrollo y sus capacidades de gestión emocional aun en formación, el modo que tienen de expresarlo y de vivirlo puede ser distinto a un adulto pasando desapercibido en ocasiones incluso para los padres.

Para identificar si un niño está pasando por un periodo depresivo, tendríamos que observar algunos de estos síntomas:

- Estado de ánimo depresivo: veremos que el niño o adolescente se muestra más triste o irritable. En función de la personalidad del menor, podemos encontrar que este estado de ánimo se convierte en agresividad o conductas hostiles sin que ellos puedan a veces entender por qué actúan así.

- Falta de energía: tiene menos actividad, deja de hacer cosas que ante le gratificaban, no quiere jugar, levantarse de la cama ni ir al colegio…

- Pérdida de autoestima: escucharemos verbalizaciones que indican un malestar con uno mismo, inseguridad, autocrítica excesiva...

- Reproches: Es frecuente que el numero de reproches hacia si mismo aumenten, sentimiento de culpa constante e incapacitante...

- Ideas o intentos autolíticos: Los niños también pueden llegar a pensar o verbalizar ideas de hacerse daño llegando a plantearse el suicidio.

Si escuchamos a un niño este tipo de verbalización, debemos actuar con calma y escucha, evitando dar el mensaje de “son tonterías”, “no pienses eso”… Legitimaremos su angustia y este será el momento inequívoco de acudir a un profesional que ayude al niño a encontrar otra salida a sus preocupaciones.

- Dificultad para concentrarse: Es habitual que cuando pasamos por periodos depresivos nuestra capacidad de atención y concentración se vea afectada, pudiendo tener dificultades en el área escolar por este motivo.

- Actividad psicomotriz agitada o inhibida: En función del carácter del niño y de si la depresión se acompaña de un estado ansioso, podremos notar un cambio en lo habitual del menor, pudiendo estar más intranquilo y agitado o por el contrario con una actitud inhibida y de parálisis.

- Alteraciones del sueño y variaciones de peso: el estado depresivo puede afectar a la vida diaria interfiriendo en el sueño o las ganas de comer por lo que a medio plazo podremos notar dificultades relacionadas con esto, dificultada para conciliar el sueño, insomnio a media noche, aumento o pérdida significativa de peso…

- Quejas psicosomáticas o somáticas: Tal y cómo decíamos antes, los niños están formando su sistema de gestión emocional, en ocasiones su modo de mostrar y verbalizar el malestar será a a través del cuerpo con frecuentes dolores de cabeza, dolor de tripa, diarreas, vómitos, problemáticas en la piel...

Miedos

Los miedos en la infancia

El miedo es una emoción universal y tremendamente adaptativa, a través de él aprendemos a evitar los potenciales peligros y por tanto aumentamos nuestra capacidad de supervivencia. Cuando no se trata de un mecanismo muy primario y tenemos tiempo de reflexionar, para que el miedo aparezca tiene que haber un potencial peligro, pero también tiene que haber una evaluación de nuestros propios recursos para hacerle frente.

Una araña venenosa puede ser muy peligrosa pero una vez que la hemos visto, sabemos que podemos correr más rápido que ella, por lo que el miedo disminuirá.

Teniendo esto en cuenta, los niños por su momento del desarrollo puede hacer evaluaciones incorrectas de la situación o de sus propios recursos para hacer frente al peligro, por ejemplo, pueden tener miedo de los monstruos sin llegar a evaluar que nunca han visto uno realmente. A medida que crecen, las situaciones a las que temer van cambiando adaptándose a su nivel de madurez y de evaluación de la realidad.

Por tanto, hay miedos que se conocen como evolutivos, ya que un gran porcentaje de niños a esas edades suelen mostrar los mismos temores. Estos serían:

- De 0 a 2 años: los miedos que suelen mostrarse son a los extraños (a partir del séptimo mes aproximadamente), a los ruidos fuertes y ansiedad de separación ante los padres o cuidadores principales.

- De 2 a 6 años: Aparecen los personajes fantásticos y pueden temer a los monstruos, fantasmas, brujas...pero igualmente pueden aparecer miedos ante la oscuridad y ante el colegio. Normalmente estos dos últimos tienen que ver con otro temor que subyace, por ejemplo, en el miedo a la oscuridad a veces está el temor de que aparezcan fantasmas y en no querer ir al colegio podremos encontrar una ansiedad de separación latente (y ya fuera de lo normal a esa edad).

- De 6 a 8 años: Progresivamente deben ir desapareciendo los miedos a fantasmas y monstruos ya que el niño evalúa con más soltura la realidad. Sin embargo pueden aparecer miedos a que sus familiares o ellos puedan sufrir algún accidente o daño físico, a la sangre o las agujas y a determinados fenómenos meteorológicos como las tormentas.

- De 8 a 11 años: A esta edad se pueden tener temores hacia la muerte, propia o de personas queridas siendo algo que crea mucha angustia si coincide con el fallecimiento de algún conocido. Igualmente pueden aparecer fantasías de abandono por parte de las figuras importantes como son los padres. El tiempo de socialización y la importancia a los iguales aumenta por lo que aparecen muchos miedos relacionados con situaciones sociales: temor a las propias relaciones sociales, a su propia imagen, al fracaso, a hablar en público. Las calificaciones escolares comienzan también a tener relevancia por lo que podrán aparecer miedos o ansiedades relacionadas con este rendimiento económico.

- Adolescencia: Es la etapa donde cobra más valor lo social por lo que los miedos típicos suelen estar relacionados con esto, con el fracaso, con no gustar o no ser aceptado, con el abandono del grupo.. Debemos estar atentos a la intensidad de estos miedos, ya que aunque puedan ser evolutivos pueden causar mucho sufrimiento en el niño o niña y por tanto sería recomendable acudir a un psicólogo que lo valore.

Igualmente es conveniente consultar siempre que aparezcan temores incapacitantes, que puedan llegar a causarle un absentismo escolar, la evitación de situaciones sociales (cumpleaños, extraescolares…) u otras experiencias que serían beneficiosas para el niño y que finalmente pueden tener una repercusión en su correcto desarrollo.

¿Cómo debemos actuar en casa ante conductas de miedo?

Al margen de poder consultar con un psicólogo que evalúe y trabaje con el niño o niña, hay algunas pautas que podemos seguir en casa y que ayudarán al niño a sobrellevar su miedo y no empeorarlo:

- No ridiculizaremos su miedo quitándole importancia de manera despectiva y comentándolo con otras personas delante del niño.

- Ante su sensación de miedo, tendremos un acercamiento al niño o niña y con tranquilidad le hablaremos de las pocas posibilidades de que eso pase (de que un monstruo aparezca, de que un trueno tire nuestra casa…). Trataremos de buscar elementos de seguridad que el niño pueda sentir como protectores.

- Evitaremos hacer un acercamiento brusco a su objeto temido y más dejándole solo, eso solo aumentará su temor y nivel de ansiedad, además de destruir su posible elemento protector (los padres). Es adecuado sin embargo que se refuerce con palabras cálidas los posibles acercamientos que haga el niño al objeto temido, por pequeños que sean.

- Dejaremos que el niño pueda expresar qué teme exactamente, qué es lo que se imagina cuando aparece el miedo, etc. Solo así podremos llegar a entender la raíz de su miedo para poder hablarlo con él e intentar hacerle frente.

Celos entre hermanos

Los celos entre hermanos

Normalmente la llegada de un hermano supone una alegría para toda la familia pero también una nueva situación a la que hay que adaptarse. Por parte de los niños la tarea se puede hacer más complicada si contamos con que ellos poseen menos recursos de gestión emocional de los que tendría un adulto. Por su momento evolutivo, no han podido desarrollar aun del todo esas estrategias que nos hacen elaborar y adaptarnos de la menor manera a las situaciones novedosas y estresantes.

Es normal que durante un tiempo podamos encontrar en nuestros hijos comportamientos que denotan rivalidad con su nuevo hermano, se trata de un comportamiento habitual y razonable teniendo en cuenta que la nueva situación está suponiendo una pérdida para él (de atención, de espacio…). Según pasa el tiempo, el niño irá poniendo en práctica estrategias que le ayuden a encontrar su lugar en la nueva familia, sin embargo, en ocasiones por las características personales del niño o por rasgos particulares de la familia, este proceso puede hacerse más duro y prolongado en el tiempo. Si detectamos que la nueva situación está provocándole un sufrimiento excesivo al niño o niña este será el momento de acudir a un profesional que pueda ayudar en el proceso.

Los celos entre hermanos no siempre ocurren después del nacimiento de uno de ellos, en ocasione puede ocurrir que sea un hermano más pequeño el que muestre celos del mayor, en ese caso, tendremos que valorar qué rasgos son los que ese niño cree no tener y ve en su hermano, qué atenciones, que privilegios está añorando tener.

¿Cómo podemos detectar los celos entre hermanos?

Según la edad y la personalidad del niño, podemos encontrar un repertorio de conductas que van desde verbalizaciones claras (quieres más a mi hermanito, yo también quiero que me cojas en brazos, ya no me queréis…) a cambios en su comportamiento habitual. En este último caso, las conductas más habituales que podemos encontrar son:

- El niño o niña se encuentra más intranquilo, nervioso e hiperatento a todo lo que se le diga o haga a su hermano/a,

- Rabietas o actuaciones para atraer la atención de los padres,

- Regresiones a conductas de cuando eran más pequeños (volverse a hacer pis, querer de nuevo chupete, no querer comer…)

- Conductas de retraimiento, aislándose del entorno

- Pesadillas u otros problemas de sueño

Nos gustaría aquí hacer mención especial a ese repertorio de conductas que solemos calificar como “para llamar la atención”. Es importante hacer una reflexión sobre esto y llegar a entender que para los niños y niñas, el hecho que sus padres le presten atención va mucho más allá de eso. Supone “ser visto” por ellos y cuando estamos en el periodo en el que formamos nuestra estructura de personalidad, supone “ser alguien”. Pensemos que un adulto nos llama por la calle, notamos que quiere decirnos algo o interactuar con nosotros, pero como sabemos esto, optamos por hacer caso omiso y seguir nuestro camino como si no lo hubiéramos escuchado.

Esto es lo que en muchas ocasiones se ha aconsejado hacer con los niños cuando “tratan de llamar la atención”, quizá deberíamos preguntarnos la razón por la que necesita nuestra atención en ese momento, qué le está aportando que estemos ahí, que le escuchemos, que le contengamos mientras llora… Los niños y niñas son personas que a veces no comparten nuestro idioma, están tratando de decirnos algo, de gestionar lo que sienten de un modo distinto a cómo lo haríamos nosotros, pero a nadie se le ocurriría dejar hablando solo a un finlandés simplemente porque no entendamos lo que dice, en todo caso intentaríamos buscar una lengua común o buscaríamos a alguien que sí lo pueda entender. Es ahí donde entra el psicólogo.

¿Cuándo consultar con psicólogo infantil Madrid?

No es necesario que la situación sea insostenible para llegar a acudir a un profesional. De hecho, en muchas ocasiones los padres acuden al psicólogo para pedir asesoramiento de cara a la llegada de un nuevo hermanito, quieren saber como hacerle el camino más fácil a su hijo en su caso concreto, con su edad, con su personalidad…

En otros casos, se acude al psicólogo cuando el niño o niña hace un cambio muy llamativo o insostenible en su modo habitual de comportarse y esto no mejora con el paso de los meses.

Por último, podemos encontrar rivalidad entre hermanos en niños algo más mayores que acuden a consulta por problemas de autoestima o de relación con sus iguales. En ese caso los celos entre hermanos fue un síntoma que pasó desapercibido en su día pero igualmente habrá que trabajar.

Trastorno de déficit de atención y/o hiperactividad

Trastorno por déficit de atención o Hiperactividad

A menudo nos encontramos en la clínica niños de los que se sospecha un posible TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), se trata de niños impulsivos, con dificultad para concentrarse, con posible descenso del rendimiento escolar… Es importante tener en cuenta que estos síntomas pueden ser comunes a otras muchas problemáticas presentes en la infancia como problemas de ansiedad, de depresión, sociales, etc.

Sin duda, ha sido muy beneficioso para muchos niños, adultos y familias que en los últimos años se haya dado a conocer en la población general este trastorno, con lo que se ha diagnosticado y tratado más precozmente. Sin embargo, nos podemos encontrar con que otro tipo de problemáticas que siguen estando ahí, en nuestros niños, puedan ser enmascaradas por este diagnóstico por lo que es recomendable la colaboración de varios profesionales (pediatra o neuropediatra, psiquiatra, psicólogo) que confirmen el trastorno y fijen un tratamiento integral.

El TDAH es más frecuente en niños que en niñas aunque también se da en estas últimas. Los tres síntomas nucleares tienen que ver con la dificultad para mantener la atención, la hiperactividad y la impulsividad. Además, hay distintas variables en función de la predominancia de los síntomas:

- Predominante con falta de atención: Según la edad y la personalidad del niño, podemos encontrar un repertorio de conductas que van desde verbalizaciones claras (quieres más a mi hermanito, yo también quiero que me cojas en brazos, ya no me queréis…) a cambios en su comportamiento habitual. En este último caso, las conductas más habituales que podemos encontrar son:

- Predominante con falta de atención: Es el tipo más frecuente en las niñas, en este caso lo que más llama la atención es la dificultad a la hora de concentrarse o estar atento. La hiperactividad y la impulsividad aparecen en menor medida en esta variante.

- Predominante la hiperactividad e impulsividad: En este caso, lo más llamativo es la agitación psicomotriz, se trata de niños muy movidos, que les cuesta pararse en alguna actividad y actúan predominantemente por impulsos.

- Tipo mixto de déficit de atención con hiperactividad/impulsividad: todos los síntomas aparecen simultáneamente y es el tipo más frecuente.

Para poder diagnosticar el TDAH los síntomas deben aparecer antes de los 7 años y mantenerse al menos durante 6 meses. Igualmente el impacto debe estar en más de dos ámbitos de la vida del niño (colegio, casa…) y el rendimiento académico debe verse afectado por ello.

Como decíamos al principio el diagnóstico diferencial es muy importante, ya que los síntomas del TDAH son muy comunes en muchas otras problemáticas en la infancia.

Tras escuchar a muchas familias y niños, sabemos que en ocasiones los niños pueden estar hiperatentos a temas que le preocupan, a dinámicas de relación, a temores de abandono...y esto paradójicamente causa un déficit de atención ya que la energía está puesta en lo realmente importante para él.

En otros casos, podemos encontrar niños que no paran quietos como respuesta a una inactividad de los padres, como un modo de mantenerlos vivos y en movimiento a través del suyo propio. Igualmente tendremos que evaluar si en la vida del niño hay elementos ansiógenos que le están causando esa intranquilidad constante, esa necesidad de reaccionar rápidamente.

A veces la impulsividad se confunde con la agresividad, tendremos entonces que analizar si el niño o niña tiene sentimientos de rabia subyacentes y de donde viene, solo así podremos elaborarla y canalizarla sin dañar al otro.

Podemos encontrar un problema de ansiedad o alguna problemática personal que le está creando tensión en alguno de los padres, el niño reacciona entonces acompasando su ritmo al de sus figuras importantes que por otro lado son las encargadas de regularle y facilitarle herramientas que pueda interiorizar.

En todos estos casos y muchos más, los padres acudieron a nuestra consulta preocupados porque su hijo/a pudiera tener un TDAH y la problemática pudo resolverse con el trabajo a tres : profesional, padres y niño resolviendo el nudo y pudiendo seguir adelante.

Problemas de comportamiento

Los problemas de comportamiento en niños

Prácticamente todas las problemáticas psicológicas en la infancia conllevan un problema de comportamiento asociado: el niño que tiene miedo al colegio se resistirá a ir y formará un berrinche en la puerta de casa, la niña que tiene celos de su hermanito podrá romperle un juguete… sin embargo, en este apartado queremos hablar de ese repertorio de conductas como agresividad contra los demás o los objetos, desafío continuo a las figuras de autoridad, desobediencia…

Este tipo de conductas pueden tener en su origen muchos factores, en ocasiones por la edad del niño se trata de comportamientos normales que le ayudan a fijar su autonomía, a conocer sus límites y los de su entorno para lo cual necesitan entrar en esos juegos de poder.

Evolutivamente hay dos momentos claros en la vida en los que se pasa por este proceso, a los dos años y posteriormente en la adolescencia. Si reflexionamos por qué son momentos tan parecidos en la base, podremos ver que en ambos hay una transición de un estado a otro. En el caso de los dos años, los niños y niñas pasan de ser bebés a ser niños con capacidad de manipulación y exploración muy desarrollada, igualmente comienzan a relacionarse con otros niños comenzando los juegos compartidos. Dejan atrás una etapa para comenzar otra en la que los padres no estarán presentes del mismo modo. Los adolescentes hacen una revisión de ese primer cambio pero en su caso pasarán de ser niños a adultos, mantienen esa ambivalencia entre lo que necesitan aun de sus padres y lo que no quieren aceptar por posicionarles de nuevo en la fase infantil.

En ambos casos es muy frecuente que aparezcan juegos con los límites, desobediencia como modo de control, oposicionismo irracional… La conducta de los padres tendrá que ser firme, consistente y coherente pero es importante no perder de vista el momento evolutivo por el que pasa nuestro hijo y por tanto aplicar estas normas desde el cariño y el respeto, nuestro hijo o hija está intentando trazarse su camino y lo hace lo mejor que puede con los recursos que tiene.

Al margen de estos momentos evolutivos, los niños y niñas pueden tener conductas desafiantes, agresivas, desobedientes y en definitiva, lo que solemos llamar mal comportamiento. Es importante consultar con un profesional ya que cada casos podrá tener un origen y por tanto una intervención distinta. Decíamos al principio que los niños con miedos, con celos, con baja autoestima también tienen “malos comportamientos”; debemos pensar que cuando nuestros hijos muestran “mal comportamiento” sin más, también habrá una causa aunque esta no sea evidente para los padres. Es ahí donde se requiere la visión de un profesional.

Los trastornos de conducta pueden aparecer por una inconsistencia, incoherencia o ausencia de normas y límites por parte de los padres, en ese caso las pautas a estos por parte del psicólogo serán imprescindibles.

Sin embargo, nos encontramos con otros casos en los que lo que subyace al mal comportamiento es otra cosa. Podemos tener delante a un niño con muy mal comportamiento en casa y al evaluar detectar que está sufriendo acoso escolar en silencio. Su modo de canalizar el miedo y la angustia que siente cada día es “actuándolo” en casa. En otros casos el mal comportamiento o desobediencia está dirigido unicamente hacia uno de los padres, probablemente subyace un conflicto con ese progenitor que el niño no ha sabido expresar de otro modo. Podemos encontrar una angustia o miedo no resuelto, al abandono por ejemplo, ya que al probar los límites de nuestros padres probamos también su capacidad de querernos a pesar de todo.

Con esto queremos invitar a la reflexión, no todo son pautas para los padres en cuanto al modo de poner las normas, cómo expresarlas, cómo avisar y cumplir las consecuencias a los malos comportamientos, etc. En la mayoría de los casos el mal comportamiento de los hijos es un modo de llamarnos la atención sobre algo que no va bien, algo que en algunos casos ni el propio niño o niña ha podido identificar. Por ello la terapia es tan importante en estos casos, ayuda a mirarse, a reconocer lo que uno siente y el porqué de su comportamiento, solo así podremos cambiarlo por conductas más sanas y adaptativas.

Superación de eventos traumáticos

Estrés por eventos traumáticos

Aunque intentamos que nuestros niños vivan en un entorno lo más seguro y tranquilo posible, en ocasiones no podemos evitarles situaciones inesperadas que pueden resultar traumáticas para ellos, un accidente de tráfico, una catástrofe natural, presenciar una escena impactante… al fin y al cabo cualquier situación que vaya más allá de los recursos de afrontamiento que se tienen para elaborarlo. No tienen porqué ser hechos objetivamente traumáticos, sobre todo cuando se trata de niños pequeños que aun entienden la realidad de modo distinto, ciertas situaciones igualmente pueden crearles un impacto negativo (un ejemplo serían los fuegos artificiales, el estruendo que no se espera, en la noche, con ritmo intermitente…. Fijarse como un hecho demasiado impactante para un niño pequeño).

Teniendo en cuenta que una situación traumática suele jugar con lo inesperado y con sobrepasar las herramientas para hacerle frente, podemos entender que para los niños y niñas pasar por algo así puede tener aun más impacto en la vida que para los adultos.

A menudo, necesitamos crear una narración de lo que ha pasado, nos encontramos buscando una explicación, tratando de repasar mentalmente qué hicimos y qué podíamos haber hecho, nos centramos en resolver las consecuencias de lo que ha sucedido y podemos llegar a entender que durante un tiempo, el recuerdo del hecho traumático vuelva a nuestra mente. Para los niños este proceso es algo distinto, para empezar, tienen menos herramientas de gestión emocional, en ocasiones ni siquiera relacionan que emociones que están sintiendo tienen relación con el evento traumático que ha vivido.

Por otro lado, y sobre todo cuando son pequeños, pueden vivir lo que llamamos flashback (imágenes o sonidos que recrean lo que pasó y que vuelven a la cabeza involuntariamente una y otra vez) como una experiencia muy desagradable e invasiva, sin entender que es el método que su mente utiliza para llegar a elaborar lo sucedido.

Para desarrollar síntomas de estrés por un evento traumático, no siempre es necesario haberlo vivido en primera persona, en ocasiones, presenciar cómo otra persona es la víctima, puede generar el mismo estado de alerta y la misma sintomatología.

Cuando el niño o niña queda afectado durante mucho tiempo después de la situación traumática, podemos llegar a hablar de un trastorno por Estrés postraumático. Al margen del diagnóstico, es importante consultar con un psicólogo si durante unas semanas después de un evento que consideramos que ha podido ser impactante el niño muestra alguno o varios de estos síntomas:

- Inquietud motora, sensación de intranquilidad, reacciona constantemente demostrando estar en estado de alerta.

- Pesadillas o trastornos del sueño

- Aparición de flashback o imágenes involuntarias que vienen a la mente revivenciando el trauma

- Sensación de que el niño está abstraído, inhibido, “en otro mundo”.

- Conductas de evitación de quedarse solo, acudir a determinado lugar...

Nos parece importante resaltar que estos síntomas y el propio trastorno de estrés postraumático puede vivirse por situaciones más cotidianas y mantenidas en el tiempo. Debemos evitar pensar que es un único suceso fortuito e impactante el que fija un trauma ya que situaciones que se viven a diario por algunos niños como la violencia doméstica o el acoso escolar son los mayores generadores de trastorno de estrés postraumático.

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